Empiezo cosas y no las termino

Guitarra acústica apoyada contra la pared en un salón vacío, junto a un sofá sin nadie sentado

Hay una guitarra apoyada contra la pared. Tiene polvo en el clavijero y una cuerda floja.

Al lado hay una caja con el material de un curso que duró tres semanas. Zapatillas de correr casi nuevas. Un idioma que ibas a retomar en septiembre, y que también ibas a retomar el septiembre anterior. Una libreta con doce páginas escritas y ciento veinte en blanco.

La lista es distinta en cada casa, pero casi todo el mundo tiene una.

Y lo primero que conviene decir es que esa lista no habla de vagancia. Todo lo que hay ahí empezó bien. Empezó, de hecho, muy bien.

“Soy muy inquieto, me aburro rápido”

Hay una frase que escucho mucho en consulta: “me gustan demasiadas cosas”. Y va casi siempre acompañada de otras dos: “soy muy inquieto” y “me aburro rápido”.

Se dicen con una mezcla rara de orgullo y de fastidio. Como quien cuenta un defecto que en el fondo le parece simpático, hasta que hace la cuenta de cuántos años lleva haciendo la misma cuenta.

Porque la inquietud es agradable por dentro. Lo que no es agradable es mirar para atrás y ver un campo lleno de cosas a medio construir, y no saber decir qué sabes hacer bien.

No es falta de disciplina

La explicación que te das a ti mismo suele ser esa: que te falta constancia, que eres desordenado, que si tuvieras más fuerza de voluntad. Es una explicación cómoda porque es moral, y las explicaciones morales tienen la ventaja de que se pueden repetir sin cambiar nada.

Pero no creo que ahí esté el asunto.

Una vez, hablando con alguien en consulta, se me escapó una frase en inglés: fantasy always wins. La fantasía siempre gana.

Lo que me pasa a mí, y lo que le pasaba a esa persona, y lo que probablemente te pasa a ti, es que el mundo que te imaginas en la cabeza siempre es más atractivo que el que estás viviendo. Siempre. No hay competencia posible.

Porque lo imaginado no tiene fricción. La guitarra imaginada suena. La guitarra real, el martes a las siete y media de la tarde, con los dedos doliendo y un acorde que no sale, no suena. La mudanza imaginada es luz y calles nuevas; la mudanza real es una empresa de internet que no te atiende.

Lo nuevo gana porque todavía no te cobró nada.

Y afuera todo empuja para el mismo lado

Esto no pasa en el vacío. Pasa en una época que vende, en dosis muy grandes, exactamente lo mismo que tu cabeza ya fabrica gratis: aventura, viaje, cambio, empezar de nuevo, “reinventarse”.

Lo que no aparece casi nunca en una pantalla es la tercera semana de algo. La parte aburrida. El día doscientos de una práctica cualquiera, que es idéntico al día ciento noventa y nueve y que es, justamente, donde empieza a haber algo.

Ser constante y repetitivo no se muestra. No tiene imagen. Y entonces se vuelve difícil de desear, incluso para quien lo está haciendo.

Comprometerse es pagar un precio

Acá está, me parece, el fondo del asunto.

Elegir una cosa es dejar de ser todas las otras personas que podrías haber sido. Sentarte de verdad con la guitarra es aceptar que no vas a ser el que toca el piano, el que hace cerámica y el que corre maratones. Es una pérdida, aunque suene desproporcionado decirlo así.

Y mientras no elijas, no pierdes nada. Las doce vidas posibles siguen abiertas, todas igual de brillantes, todas igual de sin empezar.

Por eso el momento en que aparece el aburrimiento es tan importante. El aburrimiento no suele llegar cuando algo se vuelve malo. Llega cuando algo deja de ser nuevo, que es exactamente el momento en que empezaría a pedirte algo.

¿Cuántas de las cosas que dejaste las dejaste porque no eran tuyas, y cuántas porque dejaron de ser nuevas? No siempre se puede saber. Yo tampoco lo tengo del todo claro con mi propia lista.

Y quizás no todas merecían terminarse. Algunas se abandonan con razón.

Qué se puede hacer con esto

No hay un método. Hay algunas cosas que ayudan a mirar mejor:

  • Antes de empezar algo nuevo, escribe qué vas a dejar de hacer para hacerle lugar. Si no hay nada que dejar, no hay lugar: hay fantasía.
  • Cuando llegue el aburrimiento, ponle fecha en vez de discutir con él. “Dos semanas más y decido.” El aburrimiento siempre viene apurado; la decisión no tiene por qué venir apurada también.
  • Haz dos listas: lo que dejaste y no extrañas, y lo que dejaste y todavía te pesa. La segunda es mucho más corta. Es la única que importa.
  • Termina una sola cosa pequeña, y termínala mal. Un cuadro feo, una canción con errores, cinco kilómetros lentos. Terminar mal algo enseña más que empezar bien diez cosas.
  • Fíjate qué pasó el día exacto en que lo dejaste. No la semana: el día. Casi siempre hay una escena concreta ahí. Una clase donde no entendiste nada. Alguien que hizo un comentario. Un lunes en que te viste haciendo eso y no te gustó lo que viste.

Ese último punto es el que más suele sorprender. Lo que se abandona rara vez se abandona por cansancio acumulado. Por lo general se abandona un día puntual, en un minuto puntual, después de algo que te hizo sentir raro delante de alguien, aunque ese alguien fueras tú mismo.

Cuándo esto ya no se ordena solo

Hay un punto en que dejar cosas a medias deja de ser una característica y empieza a costarte caro: cuando pasa también con la gente, con el trabajo, con los lugares donde vives. Cuando lo que se repite ya no es “no terminé un curso” sino “nunca me quedo el tiempo suficiente como para que algo se vuelva mío”.

Cuando llega ahí, mirar solo la conducta no alcanza, porque la conducta es la parte visible de algo que se armó mucho antes y que casi nunca se eligió.

Eso es lo que se trabaja en terapia Gestalt: no la falta de constancia, sino lo que hay debajo. Qué se está protegiendo cuando te vas a tiempo. De qué te cuidas quedándote siempre un poco afuera. Qué te pasa en el cuerpo el día que algo empieza a pedirte que te quedes.

Entender esto no lo cambia. Pero mirarlo despacio, con alguien enfrente, suele cambiar el lugar desde donde eliges la próxima vez.


La guitarra sigue contra la pared.

Puede ser que la vendas. Puede ser que un jueves cualquiera la tomes, le cambies la cuerda floja y toques quince minutos mal. Las dos cosas están bien, y ninguna de las dos es el punto.

El punto es que dentro de tu cabeza hay una versión tuya que ya la toca perfecto, que nunca se equivoca y que nunca se aburre. Esa versión siempre va a ganar. Es imbatible, porque no existe.

Lo único que puede competir con ella son quince minutos reales, un jueves, sonando bastante mal.


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