Me comparo con los demás y siempre salgo perdiendo

Salón amplio con ventanales en arco, lleno de gente de pie conversando durante un evento

Abres la puerta y la sala ya está llena. Todavía no saludaste a nadie y ya hiciste el inventario: quién se ve más seguro, quién habla con más soltura, quién vino mejor vestido, a quién conviene acercarse y de quién mejor mantenerse lejos. Pasaron diez segundos. Nadie te dijo una palabra, y ya perdiste tres veces.

No hace falta que sea una sala. Puede ser una cena con antiguos compañeros, una reunión de trabajo o el teléfono a las once de la noche: el viaje de una, el ascenso de otro, la pareja que parece salida de un anuncio. La sensación es la misma. Los demás avanzan y tú te quedaste en el andén.

Una cuenta mal hecha desde el principio

Compararse no es raro ni es un defecto. Lo hacemos todos, todo el tiempo, casi sin darnos cuenta. Lo que falla es cómo se hace la cuenta.

Comparas lo que sabes de ti (tus dudas, tus días malos, lo que no terminaste, lo que te da vergüenza) con lo que ves de los demás, que casi siempre es lo que ellos eligen mostrar. Tu cocina contra la vidriera de los otros. Con esos datos la cuenta da en contra siempre, y no porque estés peor: estás comparando cosas que no se pueden comparar.

Y un detalle más: rara vez te comparas con alguien a quien le va peor. Te comparas, justamente, con quien tiene lo que tú querrías tener.

El comentario que se queda

Las redes hicieron todo esto más rápido. Publicas algo y llegan cuarenta «me gusta», seis comentarios amables y uno seco. O la persona de quien esperabas una señal pasa de largo. ¿Cuál de todos te acompaña a la cama esa noche?

Casi siempre, el malo. A un solo comentario negativo le damos un peso que no le damos a todos los buenos juntos. Los buenos se leen rápido, como si fueran de cortesía. El malo se relee, se le busca una segunda intención y se le contesta mentalmente en la ducha.

Quizás sea una vieja costumbre de estar en alerta: atender más a lo que puede salir mal que a lo que ya salió bien. Sirve para cruzar una calle. Para leer tu propia vida, bastante menos.

Aliados, rivales y una amenaza que nadie nombró

Vuelvo a la sala. Ese repaso de quién es quién no es solo curiosidad. Muchas veces es defensa: buscar con quién aliarte, de quién cuidarte, quién podría dejarte en evidencia. Como si aquello fuera un territorio y no una reunión.

A mí me pasó durante años en las formaciones: entraba a un grupo nuevo y, antes de aprenderme un nombre, ya tenía claro quién sabía más que yo. Lo curioso es que casi nunca acertaba.

Eso suele tener una historia. En muchos casos, quien se compara sin parar aprendió temprano que su lugar no estaba asegurado y que había que ganárselo: con buenas notas, portándose bien, dando pocos problemas o siendo el más gracioso. Si te resuena, compararte puede ser una forma de comprobar una y otra vez si todavía te alcanza. Puede que no sea tu historia. ¿Con quién te comparaban a ti, antes de que aprendieras a hacerlo por tu cuenta?

Lo que puedes probar la próxima vez que empieces a medir

  • Nombrarlo en el momento. Cuando entres a un lugar y notes que empezó el inventario, dilo para adentro: «ya estoy midiendo». No hace falta frenarlo. Alcanza con darte cuenta de que es una cuenta que haces tú, no un veredicto sobre ti.
  • Hablarte como le hablarías a un amigo. Es un ejercicio que propongo a menudo. Imagina que alguien a quien quieres te cuenta lo mismo que te pasa a ti: que se siente menos que todos, que su vida no avanza. ¿Qué le dirías? Seguramente algo amable, con matices y con paciencia. Ahora compáralo con lo que te dices a ti. Por lo general la diferencia es enorme: con el otro somos justos, y con nosotros, implacables. Esa distancia ya dice mucho.
  • Contar de verdad. La próxima vez que un comentario te arruine el día, cuenta cuántos buenos hubo y lee uno en voz alta. Parece una tontería y no lo es: obliga a la balanza a pesarlo todo, no solo lo que duele.
  • Elegir qué miras. Si hay cuentas que siempre te dejan peor que antes de abrirlas, puedes silenciarlas sin pelearte con nadie. No es esconderse: es dejar de plantarte a propósito delante de la vidriera.
  • Preguntarle a la envidia qué quiere. Cuando alguien te despierte esa punzada, en vez de usarla para castigarte, pregúntate qué es exactamente lo que te gustaría tener. A veces no es su trabajo ni su viaje, sino algo más pequeño y más tuyo: tiempo, permiso, animarte. Eso sí es información útil.

Cuando la comparación ya decide por ti

A veces esto no se queda en un mal rato. Dejas de ir a reuniones porque ya sabes cómo vas a salir. No publicas, no te postulas, no propones nada, porque alguien ya lo hace mejor. Te comparas tanto que dejaste de jugar.

Si estás ahí, trabajarlo con alguien suele ayudar. En terapia Gestalt prestamos atención a lo que pasa en el momento, también dentro de la sesión: cómo entras, qué miras, qué te dices cuando algo te cuesta delante de otro. Convencerte de que vales no suele funcionar, y probablemente ya lo intentaste. Ayuda más ver con calma cómo armas esa cuenta, de quién la aprendiste y qué pasaría si empezaras a medir con otra regla. Quizás la vieja todavía te sirva para algo; quizás no. Eso se descubre mirando, no antes.


En esa sala llena, mientras haces tu inventario, es muy probable que alguien más esté haciendo el suyo. Puede que esté a dos metros, junto a la mesa de las bebidas, convencido de que tú eres quien tiene todo resuelto.

Si lo que más te pesa es la voz que te juzga después, lo desarrollé en Me castigo cada vez que me equivoco. Y si lo que te mueve es la mirada de los demás, sigue en Me importa demasiado lo que piensen de mí.

Si quieres que lo trabajemos juntos, escríbeme desde contacto y buscamos un horario. Las sesiones son presenciales en Barcelona u online, en español o en inglés. Si antes quieres saber cómo trabajo, está todo en terapia Gestalt.