No consigo decidirme

Vista desde arriba de unas manos sobre una libreta abierta, escribiendo una lista a mano

La lista de pros y contras ya va por la quinta versión.

La primera la escribiste en una servilleta. La segunda, en las notas del teléfono. La tercera fue un correo que te mandaste a ti mismo un domingo por la noche. La de ahora está en una hoja doblada en cuatro, dentro de la billetera, con los pliegues gastados de tanto abrirla y volver a cerrarla en el metro.

Las columnas cambian un poco cada vez. El resultado, no: empate.

Puede ser aceptar ese trabajo o quedarte donde estás. Dejar la relación o darle otra oportunidad. Mudarte o no. Quedarte en Barcelona o volver a tu país. El asunto cambia de una vida a otra, pero la sensación se parece bastante: algo quedó en pausa, y no termina ni de arrancar ni de apagarse.

Mientras tanto, el plazo para contestar se acerca. O peor: nadie te puso ningún plazo, y la pregunta puede quedarse a vivir contigo todo el tiempo que quiera.

Tres meses “madurándolo”

Si alguien te pregunta qué te pasa, casi nunca contestas “no sé qué hacer”. Contestas algo más incómodo: “no puedo tomar una decisión, y ya no sé si el problema es la decisión o soy yo”.

Y a continuación viene una exposición impecable de las dos opciones. Ventajas, riesgos, lo que opinó cada amigo, lo que decía un artículo que leíste a medias. Conoces tu dilema mejor que nadie. Lo llamas “madurarlo”, y llevas tres meses madurando.

Ahí está la primera pista: información tienes de sobra.

Elegir es despedirse de algo

Cuando una decisión se estanca durante semanas, rara vez es porque falte un dato. Lo que frena, en muchos casos, no es lo que vas a ganar, sino lo que vas a perder.

Elegir un camino es renunciar al otro. Y no renuncias solo a una opción: renuncias a la persona que ibas a ser si la tomabas. La que se animaba. El que se quedaba. El que volvía y encontraba todo más o menos en su lugar.

Mientras no decides, las dos versiones siguen vivas. Ninguna se perdió todavía. Quizás por eso la indecisión, que se vive como un tormento, tiene también algo de refugio: mientras dura, no hay que despedirse de nada.

El problema es que no decidir también es una decisión. Solo que la toma el tiempo, o la otra persona, o las circunstancias. Y suele ser la que menos te gusta, porque encima no es tuya.

Quienes vivimos lejos de donde nacimos conocemos bien una versión de esto que nunca se cierra del todo: ¿me quedo o me vuelvo? Se contesta un año y reaparece al siguiente, en un cumpleaños por videollamada o en la fila de un aeropuerto. Yo también la tuve sobre la mesa más de una vez, y sé que no se resuelve agregando una columna.

Cuando la duda deja de servir

No toda duda es un problema. Hay una duda que sirve: te pide algo concreto. Un dato que no tienes, una conversación que todavía no tuviste, ir a ver el lugar antes de mudarte. Cuando lo consigues, la duda se achica o cambia de forma.

Y hay otra que no pide nada. Vuelve siempre al mismo punto, con los mismos argumentos, a la misma hora de la noche. Cada vuelta te deja un poco más abatido y exactamente en el mismo lugar. Esa duda ya no te está informando: te está cuidando de algo. De equivocarte, de decepcionar a alguien o, simplemente, de perder.

En muchos casos, quien se paraliza frente a una decisión aprendió temprano que equivocarse salía caro. Que un error se pagaba con un castigo, con un silencio largo en la mesa, con la sensación de haber defraudado a alguien importante. Si esto te resuena, puede que la pregunta de fondo no sea “cuál es la opción correcta”, sino “qué pasa si me equivoco”. Y esa pregunta, a veces, viene de mucho antes que esta decisión.

Algunas formas de destrabarla

Te debo la fórmula para decidir bien: si alguien la tiene, no me la quiso pasar. Lo que sí puedo dejarte son algunas preguntas que suelen mover más que la sexta versión de la lista:

  • Ponle fecha a la decisión, no a la lista. “El día 15 decido, aunque no esté seguro.” La seguridad casi nunca llega antes de elegir; suele llegar después, caminando.
  • Pregúntate de qué te estarías despidiendo. No qué ganas con cada opción: qué pierdes. Casi siempre el nudo está ahí.
  • Vive un día como si ya hubieras elegido. Un día entero como si hubieras dicho que sí, y al siguiente como si hubieras dicho que no. Fíjate cómo te levantas cada mañana: con alivio, con peso, con ganas. El cuerpo suele contestar antes que la cabeza.
  • Separa lo que tiene vuelta atrás de lo que no. Muchas decisiones que se viven como definitivas se pueden corregir, deshacer o volver a tomar dentro de un año. Si es así, lo que está en juego es menos de lo que parece.
  • Busca una opción suficientemente buena, no la “correcta”. La opción perfecta solo existe mientras no eliges.
  • Si ya se lo preguntaste a diez personas, deja de preguntar. A partir de cierto punto, cada opinión nueva no te ayuda a decidir: te ayuda a postergar.

Ninguna de estas preguntas decide por ti. Lo que hacen es devolverte la decisión, que es donde tiene que estar.

Si te pasa con todo

Con el trabajo, con la pareja, con el país y con el restaurante del sábado. Dejas que otros elijan hasta lo pequeño, te cuesta saber qué quieres cuando nadie te lo pregunta, y cuando por fin eliges, pasas semanas revisando si hiciste bien. A esa altura, la indecisión ya no habla de un tema concreto: habla de cómo te mueves por la vida.

Entonces conviene mirar menos la decisión de turno y más lo que se te pone en juego cada vez que tienes que elegir. En terapia Gestalt la opción correcta la sigues buscando tú; lo que miramos juntos es qué te pasa en el momento de elegir. Qué aparece en el cuerpo cuando una de las dos empieza a ganar. A quién tienes en la cabeza mientras decides. Quién te diría “te lo dije” si te equivocas.

Y a veces no hace falta empezar terapia. Si lo que tienes delante es una sola encrucijada, con nombre y apellido, hay un formato pensado justamente para eso: un único encuentro de dos horas para mirar un asunto concreto sin abrir la vida entera. Se llama Un asunto, una tarde.


Lo más probable es que las dos columnas de esa hoja digan la verdad. Ese es el problema, y también la salida: no hay una opción sin pérdida esperando a que la encuentres.

A lo mejor no hace falta una columna más, sino algo que no entra en ninguna de las dos: el permiso para perder algo, sabiendo que cualquier camino que tomes va a tener su propia lista de cosas que no fueron.

Hay decisiones que se toman con la cabeza clara y otras que se toman con miedo, igual. Las segundas también cuentan. ¿Cuántas de las decisiones que hoy agradeces las tomaste estando seguro?

Algún día vas a encontrar esa hoja en el fondo de un bolsillo, con los pliegues gastados, y te va a costar recordar por qué pesaba tanto.


Este texto tiene un pariente cercano: Empiezo cosas y no las termino, que mira lo que pasa del otro lado, cuando ya elegiste y lo difícil es quedarte. Y si la duda viene con una cabeza que no se apaga nunca, No puedo dejar de darle vueltas a todo va por ahí.

Atiendo en mi consulta de Plaça d’Urquinaona, en Barcelona, y también online, en español o en inglés. La agenda está abierta: si quieres saber qué horarios tengo, escríbeme.